Cuando escribe un texto, y tiene la posibilidad de colocar referencias geográficas o espaciales, ¿la decisión de no hacerlo se debe a un afán cosmopolita o al deseo de alejarse del estilo costumbrista, tan habitual en nuestra literatura?

Hay otro detalle que también se mezcla: soy diplomático, y normalmente escribo estando en otro país. Además, ¿qué es más importante?, ¿ser peruano, ecuatoriano o norteamericano, o ser humano? Entonces, si como escritor quiero que lo que digo sea entendido en todo el mundo, no tengo por qué usar referencias locales. Eso no implica que no exista lo otro. De hecho, Iván Thays criticaba a Blanco y Negro por ser «muy socialista», pese a que yo no había colocado referencias sobre el socialismo.


¿Esto es producto de una postura principista o es algo que sucede de manera espontánea?

Creo que hay momentos en los que hay cosas que decir sobre hechos particulares y concretos, y otros en los que no. En su momento, en Blanco y Negro me resultó difícil dejar de lado un hecho histórico concreto. Y en la novela, a diferencia del cuento, es muy complicado mantener el relato sin utilizar referencias espaciales o temporales. Por cierto, la novela que estoy preparando sí tiene referencias concretas. Esto no significa que en adelante me dedique a escribir novelas de actualidad. Simplemente se da. Eso es lo maravilloso de la literatura: la libertad absoluta. Entonces, enmarcarte en un solo período o en una sola técnica no me parece adecuado.

Pero esa libertad no ha sido frecuente en la literatura peruana de las últimas décadas. Hasta hace poco existía el imperativo de hacer «literatura nacional».

Hay de todo, en realidad. Por un lado, ha existido el imperativo de construir una literatura nacional, y por otro lado, se han hecho grandes esfuerzos por construir otros paradigmas: hablo, sobre todo, de Vargas Llosa y Arguedas. En cambio, la búsqueda reciente es muy diferente. Muchos escritores están muy lejos de elaborar grandes novelas totalizadoras. Utilizan, más bien, la realidad cotidiana, la anécdota. Por ejemplo, la novela Al Final de la Calle, de Óscar Malca, que es muy buena, ha engendrado una gran cantidad de seguidores —que por cierto están muy lejos del modelo en calidad—, dando lugar a la predominancia de una literatura urbana, marginal y violenta que tiene un manejo muy pobre del lenguaje. Esto es empobrecedor y muy lamentable en términos literarios. Al mismo tiempo, no puede haber intolerancia hacia cierto tipo de proyectos literarios. Me parece que el panorama actual es muy rico, a pesar de que no me gustan muchas cosas. En suma, creo que en este momento no existe un modelo absoluto e imperante.

Es curioso que dos de los escritores peruanos que tienen una obra cosmopolita, Harry Belevan y usted, tengan en común el ser diplomáticos. ¿Cree que el ser diplomáticos es determinante en estos casos?

Es posible. El caso de Harry es incluso más llamativo, ya que él es hijo de embajadores. Mientras yo pasé mis primeros veinte años en Arequipa, él pasó la misma etapa dando vueltas por el mundo. Curiosamente, Harry ha hecho una novela casi regionalista sobre un embajador en Bolivia, como fue su caso en algún momento. En ella, de hecho, hay referencias a Sendero Luminoso y está muy anclada en la problemática nacional. En realidad, es muy difícil encontrar un factor único que determine el carácter universalista de la obra de un escritor. Me parece que en los últimos veinte años empieza a producirse una nueva narrativa en el Perú, a diferencia de antes, en donde era casi necesario que tu creación estuviera de la mano con la problemática nacional. Hay otro factor importante y es que de ninguna manera somos una potencia cultural, y mucho menos editorial.

 

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