Su poesía intenta dar valor a la palabra más allá de lo meramente funcional. Se le observa desde otro plano: el estético. En la actualidad, cuando sufrimos una grave pérdida de valores, ¿cree que la palabra se ha devaluado?

Las palabras se devalúan, sin duda, pues siguen las puntuaciones de la cultura. Cuando hay un momento de decadencia, el habla también se envilece. Pero esto es un momento pasajero, porque realmente el habla siempre gana, la palabra siempre está colgante, se enriquece constantemente y el pensamiento gana con ella. No hay posible devaluación permanente de la palabra. La palabra dura más, es más dura que la piedra. Las pirámides de Egipto se están cayendo cuando La Iliada está perfecta, y son contemporáneas. La palabra no puede sufrir de erosión, y su desgaste es pasajero. Nunca se gasta una palabra.

«Gambito rey» trata de la posibilidad del ser humano de salir del error. La humanidad, según el poema, puede aprender. Vivimos en la actualidad en una sociedad que parece decir lo contrario. ¿Es posible humanizar el desarrollo científico y tecnológico? ¿Cuál cree que será nuestra «incesante aurora fuera del círculo mágico»?

Aprender a no hacer la guerra. Aprender que hay tres grandes vicios que nos dejaron los antiguos: uno es el racismo, otro es la esclavitud y otro es la guerra. Tienen el mismo origen. Si eliminamos esto habremos ganado nuestra humanidad y habremos salido fuera del círculo mágico.

¿Qué tanto de poesía hay en su narrativa? ¿Se puede desligar al poeta del narrador, o es algo imposible?

Yo creo que este tránsito por la prosa me ha llevado a escribir poemas narrativos, que es lo último que he escrito, donde hay justamente una fusión entre ambos: son poemas contados. El último libro de poesía que estoy publicando se llama Memorial de Casa Grande, y son poemas narrativos muy largos que evidencian mi paso por la prosa.
Esto, en verdad, ya no es solo un paso, porque estoy metido en la prosa para siempre. Creo que lo que estoy haciendo, y lo que he hecho toda mi vida, es poesía con todo lo que tengo a la mano, con prosa, con verso, con teatro, con todo lo que pueda formar parte de lo poético.

¿Moldear la palabra como un artesano?

Como un artista, como un artista.

¿Qué tan importantes son el silencio y el espacio en blanco en su obra?

Antes he escrito ensayos sobre eso, trabajando mucho sobre Mallarmé. Es muy importante. Al respecto, recuerdo que, cuando enseñaba literatura en la Universidad de Orleans, en París, me daba cuenta de que mis alumnos no entendían lo que les estaba diciendo. Les hablaba de poesía en un curso comparado de Vallejo y Neruda, y les leía poemas, y me daba cuenta de que estaban en la luna, no entendían un pincho de lo que les estaba diciendo, en castellano además. Entonces les dije: «¿Saben qué?, la matriz de la poesía es el silencio, la poesía se recorta contra el silencio. Si ustedes no escuchan el silencio no pueden entender la poesía». Entonces los invité a callarse: «Vamos a hacer silencio», les dije. Y estuvimos haciendo silencio un rato, mientras les decía: «Aquí no hay silencio, ustedes están cuchicheando». Nos pasamos toda la hora escuchando el silencio. Llovió. El caso es que, después de esa clase, todos mis alumnos empezaron a entender lo que era la poesía.

Su cuento «El benefactor» sorprende por su trama y estructura. Aquí no es la fama ni el dinero lo importante, sino el ansia creativa. El Beneficiario es infeliz con lo que posee inmerecidamente, pues no es capaz de crear algo bello. ¿Todo poeta no siente alguna vez que su obra no es realmente suya, y que la que realmente le pertenece está aun por venir?

Tu pregunta roza la respuesta, pero la desplaza hacia un futuro, cuando no es así. El tema de ese cuento es justamente la creación. ¿Quién crea cuando uno crea? ¿Quién escribe cuando uno escribe? Los griegos pensaban que había un daemon, lo que Vargas Llosa llama «besos demonios», que era el que trabajaba para ti. El benefactor viene a ser eso.
Uno se desdobla cuando escribe, así como los guitarristas se desdoblan cuando tocan la guitarra y tú ves que la mano se mueve sola; o cuando un bailarín baila y parece que también se mueve solo, sin intervención de su voluntad, como una especie de desdoblamiento. Y cuando uno se vuelve a unificar, uno se siente una especie de pigmeo y se dice: «Yo no pude haber escrito esto».
Uno se siente inferior a lo que ha escrito. No se puede reconocer, porque alguien lo ha ayudado, en el desdoblamiento hay alguien que escribe por él. Ese es el verdadero tema del cuento, y eso responde a la otra pregunta. Uno siente que su obra no es realmente suya cuando la inspiración lo deja, cuando se despierta y dice: ¡Hay carajo! ¿Yo he escrito esto?

«No palabras nuevas sino sensibilidades nuevas», decía Vallejo. Aunque ha seguido publicando en revistas, ya ha pasado buen tiempo desde su último poemario. ¿Qué cree que ha cambiado en la poesía que escribe hoy con respecto a la de sus inicios?

Estoy escribiendo un tipo de poesía que es muy narrativa, que evidencia mi larga permanencia en la prosa. Hay cosas que se pueden decir mejor en este tipo de poesía, antes que en una poesía muy metaforizada, llena de imágenes, como siempre fue la mía.
Estoy haciendo una cosa mucho más escueta y mucho más emotiva, centrada en la sentimentalidad. Ese es el cambio. Una secuencia mucho más larga, mucho más descriptiva, mucho más narrativa en ese sentido.
Pero no ha cambiado realmente, porque puedo volver a escribir como escribía, puedo alternar una poesía muy sobria con una poesía lujosamente imaginista.

Cuando se habla de un escritor, a menudo se habla como si se hubiera estancado en el tiempo, poniendo el énfasis en la obra que queda antes que en el autor que evoluciona. ¿Cuáles son sus nuevas lecturas e influencias?

Yo me nutro de mí mismo, en general. Tengo un tono más o menos logrado. Busco en mí, indago en mí contenidos, formas de decir. No me fijo mucho en cómo escriben los otros, me fijo en cómo escribo yo.
No hay muchas cosas estimulantes en Lima, donde hay un pobre ambiente intelectual y es difícil conversar con la gente; esta se encuentra normalmente en cosas muy distintas a las de uno. Estoy obligado entonces a nutrirme de mí mismo, añorando mucho los momentos pasados en Europa, donde había una constante discusión intelectual. De repente un exceso de cosas que ahora pierden su efecto. Mi última lectura es Góngora. He vuelto a La Iliada, a La Odisea. Con gran placer he vuelto a leer esos libros maravillosos.

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