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¿Quiénes
surgen por el apoyo de Lluvia Editores?
El primero fue Cronwell Jara, de
quien publicamos Hueso Duro. Luego vinieron Pedro Escribano,
Óscar Limache y Edgardo Rivera Martínez, quien publicó
con nosotros Casa de Jauja —un libro pequeñísimo
que trabajamos con él codo a codo con muchísimo
placer—, el embrión de País de Jauja.
Se puede decir que Andrés Zevallos también es cosecha
de Lluvia, y, asimismo, Zein Zorrilla, un autor que acaba de ganar
el premio internacional La Ciudad y los Perros; y luego está
Rocío Silva Santisteban, a quien llamaban ‘Lluvia’
en la Universidad de Lima, donde vendía bonos de prepublicación
para editar Asuntos circunstanciales. Otro escritor que
empezó con nosotros es Mario Bellatín, con Mujeres
de sal; ahí lo tenías vendiendo bonos en la
Universidad de Lima también. Mención aparte merecen
Francisco Bendezú, Tulio Mora, Enrique Verástegui,
C.E. Zavaleta, entre otros autores.
Háblanos sobre los
grandes momentos que se han producido a consecuencia de tu celosa
militancia en favor del libro y la lectura.
Uno tuvo lugar a principios de 1999,
cuando deseando tener un claro panorama de la situación
de la lectura a nivel nacional, decidí con un grupo de
intelectuales hacer trabajo de campo para explorar ciertas rutas
que considerábamos importantes. Después de una lluvia
de libros en Arequipa, Elard Serruto me propuso caminar desde
Tumbes hasta Cajamarca, recorriendo la ruta de los conquistadores.
La propuesta era una locura, pero meses después conquistábamos
cada centímetro de suelo en una verdadera lectura con nuestros
pies por el norte del territorio peruano.
Durante veintiséis días
recorrimos el camino que siguieron los aventureros españoles,
con la diferencia que nosotros lo hicimos en paz, nuestras armas
y nuestras municiones eran los libros y sus marcadores de página,
y nuestra voz la pólvora encendida en los oídos
que nos escuchaban atentamente. Queríamos saber qué
había sucedido con el idioma castellano cuatrocientos sesenta
y siete años después de haber ingresado al territorio
peruano por esos lugares. A esta caminata fuimos Elard Serruto,
Paula Quiroz, Roberto Pari, Casimiro Ramírez, Gerardo Quiroz,
Julio Ochoa Paz y yo.
¿Qué resultados
tuvo la expedición?
Además de un panorama
material desolador —como que en Piura la Vieja, la primera
ciudad que se funda en el Perú, existe una escuelita con
un pozo que tarda mucho en dar unas gotas de agua—, encontramos
que el idioma castellano se habla, en efecto, desde hace cuatrocientos
sesenta y siete años. Ya casi no se hablan otras lenguas,
si contamos algo de quechua en algún lugar de Lambayeque.
Ahora bien, si haces preguntas esenciales relativas al uso correcto
de esta lengua —por ejemplo, ¿cómo se enseña
el castellano?, ¿cómo se enseñan las ciencias?,
¿cómo se hace educación en el Perú?—,
el panorama es sencillamente preocupante.
Encontramos que casi todas las escuelas
tenían bibliotecas, y que todas las bibliotecas recibían
alumnos, pero cuando preguntábamos qué estaban leyendo,
nos decían: «No, profesor, estamos castigados porque
hemos llegado tarde»; o en otra escuela: «No, profesor,
estamos castigados porque nos hemos portado mal». Y en los
colegios particulares: «No, profesor, estamos acá
porque nuestros padres no han pagado la pensión»;
entonces resulta que la biblioteca es un lugar de castigo, en
vez de lectura.
Muchos colegios tienen la biblioteca
en la Dirección. Este es un sitio inexpugnable, los alumnos
no entran sino para ser reprendidos o asistir a una reunión
con sus padres. En ese lugar guardan los libros. Siempre
hemos encontrado la clásica frase «¡Sí,
acá tenemos libros, tenemos biblioteca!», pero sin
salas de lectura, desde Tumbes hasta Puno, y el panorama es siempre
el mismo, yermo, seco, desértico, y todavía sin
alternativa, educativa y culturalmente.
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