¿Qué otros factores influyeron en la decisión de publicar libros?

Uno muy importante: el encargo de Antonio Cornejo Polar para producir la Revista de Crítica Literaria Latinoamericana. El desafío era grande, pues nosotros veníamos del empirismo total, pero aceptamos el reto; y, aunque demoramos bastante tiempo para hacerla, todo salió bien, salvo la carátula. Este trabajo nos dio la experiencia técnica necesaria para tentar proyectos mayores.
       Luego, la necesidad de encontrar soluciones para superar las limitaciones económicas hizo que para Manuscrito del Viento, de Pedro Escribano buscáramos la ayuda de Juan Mejía Baca, quien tuvo la generosidad de pagar parte del costo de la edición, sellándose una amistad perdurable. Las siguientes ediciones se hicieron con nuestro sello mediante imaginación, trabajo tesonero y bonos de prepublicación, con la fe casi ciega de quien no teniendo nada se atreve a querer algo y nada pierde intentándolo.

¿Cómo definían la línea editorial, y cómo se decidía el programa de publicaciones?

Nunca hemos tenido una línea editorial. Cada publicación se definía al tiro, ni bien llegaba a nuestras manos un original que valía. Para escoger los manuscritos de poesía recurríamos a un estudiante de la Universidad Nacional de Ingeniería que no sabía absolutamente nada de poesía, pero era capaz de gozar con ella. Él era nuestro termómetro. Después fueron profesionales los que leían y daban sus opiniones en nuestras reuniones de evaluación, ocasiones en las que solíamos ser muy duros con los textos propuestos. En suma, hemos alcanzado una visión editorial en tiempo relativamente reciente.

Viniendo de la provincia, habiendo estudiado Literatura en San Marcos y empezado tus actividades a fines de los 70, sorprende que no hayas trabajado con criterios ideológicos en una época en la que el Perú estaba profundamente marcado por corrientes políticas que se postulaban como infalibles. ¿Cómo explicas esto?

El criterio ideológico existió; sucede que, simplemente, se impuso el criterio de la «obra bien hecha». De otro lado, nos dimos cuenta de que, para ser grupo, si discutíamos de política estábamos perdidos, pues cerca nuestro había gente vinculada a Sendero Luminoso y al MRTA —esto lo supimos luego, cuando fueron cayendo prisioneros o muriendo—, y nosotros teníamos otras ideas.
       Sucede que el arma que ellos empuñaban no construía un futuro solidario, e intuimos, en cambio, que nosotros debíamos empuñar el libro y la lectura, las únicas armas que pueden dar en el blanco correcto.
       Buscando como estábamos la ruta de la civilización, era la nuestra una posición respetada. La revista Lluvia tuvo al principio sus posturas adolescentes y líricas, pero ya entonces apuntábamos a formar una conciencia social coherente. Como revista, estoy seguro, maduramos, y como editorial siempre estuvimos a un paso del salto mortal.
       Hace poco, Mark Cox, un estudioso norteamericano, preparó una colección de cuentos titulada La violencia en el Perú, y afirma que el ochenta por ciento de los libros que se refieren a la guerra interna, tanto si son sobre Sendero, el MRTA o el Estado peruano, fue publicado por Lluvia. Para nosotros fue inevitable publicar lo que se produjo sobre el fenómeno.

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