Entrega de Cecilia Moreano

 

 

El perfil de la tradición de Palma y la tesis de Estuardo Núñez sobre la evolución del género Cuando Alex Forsyth me propuso participar en estos diálogos, acepté —reconozco que con mucho atrevimiento por mi parte— de inmediato. Comentar una nueva publicación de Estuardo Núñez y con semejantes contertulios me parecía algo a lo que no tenía derecho; además, el libro, tanto por las páginas que encerraba como por su diseño, resultaba muy atractivo. Fueron estas abrumadoras razones las que me obligaron a guardar silencio por unas semanas y a articular, y desarticular, mis ideas acerca del «perfil de la tradición».
       Antes de abordar las características del género conviene situar la aparición de la tradición. En el «Estudio del género literario creado por Ricardo Palma a través de sus epígonos peruanos» que sirve de introducción a Los Tradicionistas Peruanos Estuardo Núñez señala que «En la segunda mitad del siglo XIX, Ricardo Palma irrumpió en la escena literaria hispanoamericana con un nuevo tipo de narración breve que combinaba datos sobre hechos históricos con elementos de ficción» (p. xxiv). Pero si bien Palma se designaba a sí mismo «padre de la tradición» y ésta alcanzó con él enorme éxito y difusión en los países de habla hispana, creo que se debe admitir que la tradición, entendida como narración breve mezcla de hechos históricos con elementos de ficción, no es un género nuevo en la segunda mitad del XIX, pues ya está documentada desde finales de la década de 1830 en la literatura en lengua castellana. Así, en El Semanario Pintoresco Español, publicación dirigida por Ramón de Mesonero Romanos, aparece en 1839 ‘El reloj de las monjas de San Plácido. Tradición’ de Carlos García Doncel; en varios números de 1840 se publica ‘El lago de Carucedo. Tradiciones populares’ de Enrique Gil y Carrasco, y en 1856, ‘El monte del ermitaño. Tradición popular’ de Juan de Dios Montesinos y Neyra1. Es decir, Palma se apropia de un género que conoce y lo va configurando a lo largo de su vida hasta conseguir darle una identidad americana.
       Comparto con Jorge Cornejo esa única «reserva mayor» que señala sobre la tesis que documenta el libro de Estuardo Núñez: «... aquella que sostiene que la tradición palmista se mantiene vigente en nuestros días». Además de las razones expresadas con precisión por Cornejo, creo que al establecer las características de un género literario —tema que suele acarrear innumerables debates— no se debe soslayar el marco de recepción en que éste se inscribe. Como ha sostenido Tzvetan Todorov: «... en una sociedad se institucionaliza la recurrencia de ciertas propiedades discursivas, y los textos individuales son producidos y percibidos en relación con la norma que constituye esa codificación. Un género, literario o no, no es otra cosa que esa codificación de propiedades discursivas»2.
       Es indiscutible que los códigos de lectura y escritura de la segunda mitad del XIX han dado paso a otros diferentes. Así, el horizonte de expectativas de un lector decimonónico de tradiciones incluía un reconocimiento de la función didáctica del género, tal como el mismo Palma lo planteara en una carta a Pastor Obligado: «Allá en los remotos días de mi juventud, ha más de un tercio de siglo, ocurrióme pensar que era hasta obra de patriotismo popularizar los recuerdos del pasado, y que tal fruto no podía obtenerse empleando al estilo severo del historiador, estilo que hace bostezar a los indoctos»3. Y se pueden encontrar muestras de similar preocupación en la mayoría de

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