narrativo sea mediante la transcripcion o la referencia a un texto, sea por la movilización de recuerdos personales. Cuando decimos dato histórico aludimos, simplemente, a que los hechos y personajes que lo protagonizan suceden en el pasado y, de ninguna manera, a que ellos pertenezcan a la Historia con mayúsculas.
       A partir de aquí se teje la trama que, como acabamos de decir, se desarrolla siempre en un tiempo pasado (lejano o cercano) para el autor. Las historias así presentadas son innumerables, tanto como diversos los personajes y variados los escenarios. Pero hace ya algún tiempo que la crítica ha aceptado, siguiendo en esto al mismo tradicionista, que lo verdaderamente importante en la tradición palmista, y lo que la define como género original, no es tanto lo que se cuenta sino el cómo se cuenta, es decir, el lenguaje, el tono, el punto de vista y la actitud del narrador, el estilo en suma.
       Pienso que no está demás traer a colación algunas de las frases de don Ricardo que tienen relación con el asunto de que tratamos. Así por ejemplo: «Resultado de mis lucubraciones sobre la mejor manera de popularizar los sucesos históricos, fue la convicción íntima de que, más que el hecho mismo, debía el escritor dar importancia a la forma […] que ha de ser ligera y regocijada como unas castañuelas». Y más adelante: «Algo y aún algos de mentira y tal o cual dosis de verdad, por infinitesimal u homeopática que ella sea, muchísimo de esmero y pulimento en el lenguaje, y cata la receta para escribir Tradiciones» (carta a Pastor Obligado). También: «La tradición no se lee nunca con el ceño fruncido, sino sonriendo» (carta a Víctor Arreguine). Finalmente: «A mis ojos la tradición no es un trabajo que se trata a la ligera; es una obra de arte. Tengo una paciencia de benedictino para pulir y limar mi frase. Es la forma más que el fondo lo que las torna populares» (carta a Vicente Barrantes).
       ¿Y cuál era esta forma tan estimada por don Ricardo? Son varios sus rasgos característicos: ligereza y agilidad en el lenguaje, aire festivo, tono coloquial, búsqueda del efecto de oralidad, y, quizá lo decisivo, involucramiento del lector. El lector de las Tradiciones Peruanas, en efecto, se siente directa y cordialmente interpelado por el autor, y así se convierte en una suerte de regocijado coprotagonista y hasta coautor del relato.
       Es evidente que ninguno de los textos narrativos a que hemos aludido tiene esta forma, que es para nosotros consustancial con la tradición palmista. Ello por cierto no afecta en nada a su calidad literaria, que ya hemos reconocido, ocurre nada más que —insistimos una vez más— son cuentos y no tradiciones palmistas. Más aún, si recurriendo a un procedimiento poco académico preguntásemos a los autores si ellos consideran que sus relatos son tradiciones palmianas, estoy seguro de que la respuesta sería un rotundo no.
       En definitiva, reitero mi juicio altamente postivo respecto a Los Tradicionistas Peruanos de Estuardo Núñez, y renuevo mi discrepancia que se refiere exclusivamente a los ejemplos con que se pretende demostrar la vigencia de la tradición palmiana en el tercio final de la centuria pasada. Y en lo que se refiere al perfil de la tradición palmista, de lo dicho se desprende claramente cuál es mi idea. Por lo demás, en las siguientes rondas del debate habrá ocasión de volver sobre éste y otros temas y hacer las precisiones o ampliaciones que sean del caso.

Jorge Cornejo Polar

« Anterior | Siguiente »